David Copperfield
David Copperfield El recuerdo de su gran alegría cuando le dije que sí hace que las lágrimas asomen a mis ojos. La siguiente vez que me senté a escribir, y a partir de entonces con toda regularidad, Dora se instaló en su sitio de siempre con varias plumas al lado. Su sensación de triunfo al vincularse de ese modo a mi trabajo, y su felicidad cada vez que yo solicitaba otra pluma, algo que fingía con frecuencia, hizo que se me ocurriera un nuevo modo de agradar a mi mujer-niña. De vez en cuando simulaba necesitar que me copiaran una o dos páginas de un manuscrito. Entonces Dora estaba en la gloria. Los preparativos que realizaba para esta importante tarea, los delantales que se ponía, los pecheros que cogía de la cocina para no mancharse de tinta, el tiempo que tardaba, las innumerables veces que se detenía para reírse con Jip, como si éste lo entendiera todo, su convicción de que si no firmaba a pie de página su trabajo estaba incompleto, y el modo en que me lo enseñaba, al igual que si se tratara de un deber escolar, y me echaba los brazos al cuello cuando yo lo elogiaba, son recuerdos muy conmovedores para mí, aunque para otros hombres no sean más que niñerías.