David Copperfield
David Copperfield Poco después tomó posesión de las llaves, e iba y venía por la casa con el manojo tintineando en un cestito atado a su delgada cintura. Lo cierto es que yo rara vez encontraba cerradas las puertas a las que pertenecían esas llaves, que sólo parecían servir para que Jip jugara con ellas; pero Dora era feliz, y eso me llenaba de alegría. Estaba convencida de que con aquella ficción nuestro hogar había mejorado mucho; y se mostraba tan dichosa como si estuviéramos organizando una casa de muñecas.
Y así continuamos. Dora quería a mi tía casi tanto como a mí, y a menudo le hablaba de los tiempos en que temía que fuese «una vieja gruñona». Jamás vi a mi tía mostrarse sistemáticamente más afable con nadie. Hacía la corte a Jip, aunque éste nunca se inmutaba; escuchaba la guitarra día tras día, aunque no fuera muy aficionada a la música; se abstenía de atacar a las Incapaces, aunque la tentación debía de ser grande para ella; andaba increíbles distancias a pie para comprar cualquier insignificancia que creyera que Dora necesitaba, a fin de darle una sorpresa; y cuando entraba por el jardín y mi mujercita no estaba en la sala, gritaba siempre, al pie de la escalera, con una voz que resonaba alegremente por toda la casa:
–¿Dónde está mi Pequeña Flor?