David Copperfield
David Copperfield Ante la vehemencia de su súplica, sin pedir permiso al doctor Strong y alejándome únicamente de la verdad para dulcificar un poco la groserÃa de Uriah Heep, relaté con toda franqueza lo ocurrido aquella noche en ese mismo despacho. Resulta imposible describir el asombro de la señora Markleham durante toda la narración, y las estridentes exclamaciones con que de vez en cuando la interrumpÃa.
Cuando hube terminado, Annie se quedó durante unos momentos en silencio, con la cabeza inclinada, tal como he descrito antes. Entonces cogió la mano del doctor (que seguÃa sentado en la misma postura que cuando habÃamos entrado), la estrechó contra su pecho y la besó. El señor Dick levantó a la joven con suavidad; y, una vez en pie, Annie empezó a hablar, apoyándose en él y sin apartar un solo instante los ojos de su marido:
–Voy a contarles todo lo que ha pasado por mi imaginación desde que me casé –dijo en voz baja, sumisa y tierna–; desnudaré mi alma ante ustedes. Sabiendo lo que ahora sé, no podrÃa vivir callándome nada.
–No, Annie –exclamó el doctor con dulzura–, jamás he dudado de ti, hija mÃa. No es necesario que lo hagas; no es necesario, de veras.