David Copperfield
David Copperfield –Es muy necesario –respondió ella, en el mismo tono–; debo abrir mi corazón ante el alma misma de la generosidad y de la verdad, a quien, año tras año y dÃa tras dÃa, he amado y venerado cada vez más ¡Dios es testigo de ello!
–Francamente –interrumpió la señora Markleham–, si hay algo de discreción en mÃ…
–Lo que no es sino una mentira, aguafiestas[94] –masculló mi tÃa, indignada.
–… permitánme señalar que no me parece preciso entrar en esos detalles.
–Mi marido es el único que puede juzgar eso, mamá –afirmó Annie, sin apartar la mirada del doctor–, y él querrá escucharme. Perdone si digo algo doloroso para usted, mamá. Yo también he sufrido a menudo, durante mucho tiempo.
–¡Caramba! –exclamó la señora Markleham con voz entrecortada.
–Cuando yo era muy pequeña –prosiguió Annie–, tan sólo una niña, mis primeros conocimientos en todas las materias me los transmitió un amigo y maestro muy paciente… el amigo de mi difunto padre… alguien a quien siempre quise mucho. No recuerdo haber aprendido nada sin su ayuda. El doctor trajo a mi espÃritu los primeros tesoros que almacené en él, y les imprimió su carácter. Creo que jamás habrÃan sido tan buenos para mÃ, si los hubiera recibido de otras manos.