David Copperfield
David Copperfield –Fue un cambio muy grande para mÃ. Al principio –dijo Annie, con la misma mirada e idéntico tono de voz–, tuve la impresión de haber perdido algo tan importante que no pude evitar sentirme inquieta y afligida. No era más que una niña; y cuando se produjo un cambio tan radical en la naturaleza de nuestras relaciones, supongo que me entristecÃ. Pero nada hubiera podido hacer que él volviese a ser el mismo de antes para mÃ; y me sentà orgullosa de que me creyera digna de él, y nos casamos.
–En la iglesia de Saint Alphage, en Canterbury –añadió la señora Markleham.
(–¡Maldita mujer! –dijo mi tÃa entre dientes–. ¡No hay forma de que se calle!)
–Jamás pensé –prosiguió Annie, ruborizándose– en los bienes materiales que mi marido me proporcionarÃa. No cabÃa nada tan mezquino en mi joven corazón. Mamá, perdóneme si digo que fue usted la primera que me hizo comprender que alguien podÃa cometer la injusticia, no sólo conmigo sino también con él, de abrigar esa sospecha cruel.
–¡Yo! –gritó la señora Markleham.
(–¡Ah! ¡Fue usted, naturalmente! –masculló mi tÃa–. ¡Es algo que no podrá negar por mucho que se abanique, mi marcial amiga!)