David Copperfield
David Copperfield La señora Markleham se recostó en la butaca dejando escapar un breve gemido; y se retiró tras su abanico, como si pretendiera quedarse allà para siempre.
–No he vuelto a cruzar una palabra con él desde aquel dÃa, excepto en tu presencia; y sólo cuando era necesario para evitar esta explicación. Han pasado años desde que le comuniqué cuál era su situación en esta casa. Todos los favores que le has hecho en secreto para que prosperara en la vida, y que luego me anunciabas, con el fin de sorprenderme y alegrarme, no han hecho sino agravar el sufrimiento y el peso de mi secreto.
Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor, aunque éste hizo cuanto pudo para impedirlo; y, mirándole con los ojos llenos de lágrimas, le dijo:
–¡No digas nada todavÃa! ¡Déjame explicarte algo más! Para bien o para mal, si todo volviese a empezar, creo que actuarÃa del mismo modo. No puedes imaginar lo que era quererte con devoción y recordar aquello; descubrir que alguien podÃa llegar a ser tan cruel que creyera que te habÃa traicionado, y estar rodeada de apariencias que confirmaban esa idea. Era muy joven y no tenÃa nadie a quien pedir consejo. Entre mamá y yo, en todo cuanto se relacionaba contigo, mediaba un abismo. Si me encerré en mà misma, ocultando la ofensa que me habÃan infligido, fue por lo mucho que te respetaba y por lo mucho que deseaba que tú me respetaras a mÃ.