David Copperfield
David Copperfield –Mientras él esperaba convertirse en el objeto de esa generosidad que le prodigabas por amor a mÃ, yo sufrÃa por la máscara de mercenaria que me obligaban a llevar y pensaba que habrÃa sido mejor para él abrirse camino en la vida por sà mismo. Estaba convencida de que si yo hubiera estado en su lugar, lo habrÃa intentado, a costa de casi cualquier sufrimiento. Pero no pensaba nada peor de él hasta el dÃa en que partió para la India. Aquella noche comprendà que tenÃa un corazón traidor y desagradecido. Y también me di cuenta de la desconfianza con que el señor Wickfield me examinaba. Fue entonces cuando se despertó en mÃ, por primera vez, la oscura sospecha que ensombreció mi vida.
–¡Sospecha, Annie! –exclamó el doctor–. ¡No, no, no!
–¡Ya sé, esposo mÃo, que no la hubo en tu pensamiento! –respondió ella–. Y cuando aquella noche me acerqué a ti para librarme del peso de mi dolor y de mi vergüenza, y supe que tenÃa que contarte que, bajo nuestro mismo techo, uno de mis parientes, al que habÃas convertido en tu protegido por amor a mÃ, se habÃa atrevido a decirme unas palabras que jamás hubiera debido pronunciar, aunque yo hubiera sido la mujer despreciable e interesada que él creÃa… sentà que todo mi ser se negaba a mancillar tus oÃdos con semejante confesión. Ésta murió en mis labios, y desde entonces hasta ahora jamás ha salido de ellos.