David Copperfield
David Copperfield Nos apresuramos a cruzar, e Ãbamos a alcanzarla cuando se me ocurrió que tal vez Martha se interesara más por la muchacha descarriada si le hablábamos en un sitio más tranquilo, lejos de la muchedumbre, donde pasáramos desapercibidos. Por ese motivo, aconsejé a mi compañero que la siguiera en silencio; obedeciendo, asimismo, a mi deseo instintivo de saber a dónde se dirigÃa.
El señor Peggotty se mostró de acuerdo y la seguimos, a cierta distancia; jamás la perdimos de vista, aunque tampoco nos acercamos demasiado, pues miraba con frecuencia a uno y otro lado. En una ocasión se detuvo a escuchar una banda de música; y nosotros la imitamos.
La joven siguió andando mucho tiempo. Nosotros también. Era evidente, por su forma de avanzar, que iba a un lugar determinado; este detalle, unido al hecho de que no abandonara aquellas calles tan concurridas, asà como la extraña fascinación que ejercÃa sobre mà aquella misteriosa persecución, me hicieron perseverar en mi propósito. Finalmente, se adentró en una calle oscura y solitaria, donde no llegaban ni el ruido ni la multitud.
–Hablémosle ahora –dije al señor Peggotty; y los dos apretamos el paso para alcanzarla.