David Copperfield

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Cuando terminé, me preguntó dónde podría encontrarnos si se presentaba la ocasión. A la luz de una triste farola, le escribí nuestras dos direcciones en una hoja de mi cuaderno de notas, que luego arranqué para entregársela y que ella guardó en su pecho. Quise saber dónde vivía. Me respondió, tras unos instantes de silencio, que nunca pasaba mucho tiempo en el mismo lugar. Mejor que no estuviéramos al corriente.

El señor Peggotty me dijo en voz baja algo que ya se me había ocurrido, y saqué el portamonedas; pero no conseguí que la joven aceptara dinero, ni que me prometiera hacerlo en otra ocasión. Le expliqué que, para un hombre de su condición, el señor Peggotty no era pobre; y que nos horrorizaba la idea de que ella emprendiese aquella tarea sin más recursos que los suyos. Pero no dio su brazo a torcer. En ese asunto, la influencia de mi compañero fue tan poco poderosa como la mía. Martha le dio efusivamente las gracias, pero se mostró inflexible.

–Tal vez encuentre trabajo –exclamó–. Lo intentaré.

–Acepte al menos una pequeña ayuda –repuse–, mientras tanto.


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