David Copperfield

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Reprimió nuevamente las lágrimas que asomaban a sus ojos; y, alargando su mano temblorosa, tocó con ella al señor Peggotty, como si éste tuviera algún poder curativo, y se alejó por la carretera solitaria. Debía de llevar mucho tiempo enferma. Al tener ocasión de observarla más de cerca, vi su rostro demacrado y macilento, y sus ojos hundidos, que reflejaban toda clase de privaciones y sufrimientos.

La seguimos a escasa distancia, pues íbamos en la misma dirección, hasta que llegamos de nuevo a las calles populosas e iluminadas. Confiaba hasta tal punto en las palabras de Martha que pregunté al señor Peggotty si no parecería que dudábamos de ella, desde el principio, si la seguíamos por más tiempo. Como él era de la misma opinión, y también creía en ella, dejamos que continuara su camino, mientras nosotros nos dirigíamos a Highgate. El señor Peggotty me acompañó durante gran parte del trayecto; y, cuando nos despedimos, rogando al Señor que nuestro último esfuerzo se viera recompensado, leí en su rostro una compasión profunda y nueva que me resultó fácil comprender.





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