David Copperfield
David Copperfield La luz del pasillo se oscureció durante un instante, y mi tÃa salió al jardÃn. ParecÃa muy agitada, y puso algunas monedas en la mano del hombre. Las oà tintinear.
–¿Qué quieres que haga con esto? –inquirió el desconocido.
–No puedo darte más –repuso mi tÃa.
–Entonces no me marcharé –dijo él–. ¡Toma! ¡Vuelve a cogerlo!
–Eres un hombre malvado –exclamó mi tÃa, muy alterada–; ¿cómo puedes tratarme asÃ? Pero ¿por qué te lo pregunto? ¡Conoces mi debilidad! ¿Acaso no podrÃa librarme de ti para siempre si te abandonara a tu suerte?
–¿Y por qué no lo haces?
–¿Tú me lo preguntas? ¡Dudo mucho que tengas corazón!
El hombre no se movió, hizo tintinear las monedas y sacudió la cabeza, malhumorado.
–¿Es lo único que quieres darme?
–Es lo único que puedo darte –contestó mi tÃa–. Sabes que he sufrido pérdidas, y que soy más pobre que antes. Ya te lo he explicado. Ahora que has conseguido el dinero, ¿por qué no me evitas el dolor de tener que mirarte por más tiempo y ver en qué te has convertido?