David Copperfield
David Copperfield –Me he convertido en un andrajo, si te refieres a eso –dijo él–. Vivo de noche, como las lechuzas.
–Me has despojado de casi todo lo que tenÃa –exclamó mi tÃa–. Cerraste mi corazón al mundo entero, durante años y años. Me traicionaste, y fuiste cruel y desagradecido conmigo. ¡Ve y arrepiéntete! ¡No añadas nuevos agravios a la larguÃsima lista de los que ya me has infligido!
–¡SÃ! –respondió el desconocido–. ¡Muy bonito! Bueno, supongo que tendré que contentarme con esto, por el momento.
A pesar de sà mismo, pareció sentirse humillado por las lágrimas de indignación de mi tÃa, y se marchó arrastrando los pies. Di entonces tres o cuatro pasos rápidos, como si acabara de llegar, y me crucé con él en la entrada del jardÃn, en el momento en que salÃa. Nos dirigimos una mirada penetrante, muy poco amistosa.
–TÃa –me apresuré a decir–. ¡Ese hombre la está asustando de nuevo! Déjeme hablar con él. ¿Quién es?
–Hijo mÃo –contestó ella, agarrándome del brazo–, entra conmigo y no digas nada durante diez minutos.