David Copperfield
David Copperfield Mis artículos en los periódicos y demás publicaciones habían tenido tanto éxito que, tras mi nuevo triunfo, consideré llegado el momento de librarme de los aburridos debates. Una alegre noche anoté, así, por última vez la música de las gaitas parlamentarias,[100] y desde entonces no he vuelto a escucharla jamás; aunque todavía reconozco su viejo zumbido en los periódicos, sin que haya variado de forma sustancial (excepto, tal vez, que su duración es mayor) en toda la santa sesión.
Hacía más o menos un año y medio que me había casado. Después de varios experimentos, habíamos renunciado a la organización de nuestra casa; era un mal negocio. Ésta marchaba por sí sola, y habíamos contratado a un joven criado. Su ocupación principal era la de pelearse con la cocinera; en ese sentido, era un Whittington perfecto, aunque sin su gato y sin la más remota posibilidad de convertirse en alcalde.[101]