David Copperfield
David Copperfield Tengo la impresión de que aquel muchacho vivÃa en medio de una lluvia de tapas de cacerola. Su existencia era una refriega perpetua. Gritaba pidiendo ayuda en los momentos más inoportunos –por ejemplo, cuando dábamos una pequeña cena o tenÃamos amigos pasando la velada en casa–, y salÃa de la cocina dando tumbos, seguido de una avalancha de proyectiles. Nos habrÃa gustado despedirlo, pero se habÃa encariñado mucho con nosotros y no querÃa marcharse. Era un joven muy llorón y, cada vez que le insinuábamos el cese de nuestras relaciones, prorrumpÃa en tan terribles lamentos que nos veÃamos obligados a quedarnos con él. No tenÃa madre, ni ningún otro pariente cuya existencia yo pudiera descubrir, si exceptuamos una hermana que se habÃa marchado a América en cuanto se lo quitamos de las manos; y fue a parar a nuestra casa como si fuera un horrible niño que hubiésemos cambiado por otro. TenÃa una conciencia muy clara de su infortunio, y estaba siempre frotándose los ojos con la manga de la chaqueta, o agachándose para sonar su nariz con la punta de un pequeño pañuelo, que nunca sacaba por completo del bolsillo, por razones de discreción y economÃa.