David Copperfield

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Aquel infortunado muchacho, en mala hora contratado por seis libras y diez chelines al año, era para mí una fuente de constantes preocupaciones. Le observaba crecer –y lo hacía como las alubias rojas–, temiendo que llegase el día en que empezara a afeitarse; o incluso en que se quedara calvo, o peinase canas. No veía la menor posibilidad de deshacerme jamás de él; e, imaginando el futuro, pensaba cuánto nos estorbaría cuando fuera viejo.

No esperaba en absoluto el medio del que se valió el infeliz para sacarme del atolladero. Robó el reloj de Dora, que, como el resto de nuestras pertenencias, no tenía sitio fijo; y, después de convertirlo en dinero, se lo gastó (nunca brilló por su inteligencia) en viajar una y otra vez en la imperial de la diligencia que cubría el trayecto entre Londres y Uxbridge. Le condujeron a Bow Street,[102] si mal no recuerdo, al finalizar el decimoquinto viaje. Llevaba encima cuatro chelines y seis peniques, además de un pífano de segunda mano que no sabía tocar.






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