David Copperfield
David Copperfield La sorpresa y sus consecuencias habrían sido mucho menos desagradables para mí si el muchacho no se hubiera arrepentido. Pero sí lo hizo, y su contrición, verdaderamente notable, se manifestó de un modo bastante extraño… no de golpe, sino por etapas. Por ejemplo, al día siguiente de que yo presentara mi denuncia contra él, hizo determinadas declaraciones relacionadas con un cesto que había en el sótano, y que nosotros creíamos lleno de vino, pero que sólo contenía botellas vacías y corchos. Supusimos que había tranquilizado su conciencia, después de contar lo peor que sabía de la cocinera; pero un día o dos más tarde, sus escrúpulos le obligaron a revelar que la cocinera tenía una hija pequeña que venía todas las mañanas temprano y se llevaba nuestro pan; y que él mismo se había dejado sobornar por el lechero para abastecerlo de carbón. Transcurridos dos o tres días, las autoridades me informaron de que las declaraciones del muchacho les habían llevado a descubrir solomillos de vaca entre los cacharros de la cocina, y sábanas dentro de la bolsa de los retales. Poco después, se lanzó en una dirección completamente nueva, y confesó saber que se preparaba un robo en nuestra casa, y que su autor sería el mozo de la taberna, quien fue inmediatamente arrestado. Acabé sintiéndome tan avergonzado de mi papel de víctima que habría sido capaz de darle el dinero que fuera para que se callase, o de sobornar a la policía para que le permitiera fugarse. Para colmo de males, el muchacho no tenía la menor sospecha de esto, y creía resarcirme del daño que me había ocasionado con cada nueva revelación; es más, estaba convencido de que yo terminaría en deuda con él.