David Copperfield
David Copperfield Pero, a medida que fue pasando ese año, la salud de Dora se debilitó. Yo habÃa esperado que unas manos más delicadas que las mÃas me ayudarÃan a moldear su carácter, y que la sonrisa de un bebé en su pecho convertirÃa a mi mujer-niña en una mujer. Pero no pudo ser. El pequeño espÃritu aleteó durante un instante en el umbral de su prisión y, antes de conocer su cautiverio, alzó el vuelo.
–Cuando pueda volver a correr como antes, tÃa –dijo Dora–, obligaré a Jip a hacer ejercicio. Se está volviendo muy lento y perezoso.
–Sospecho, querida mÃa –respondió mi tÃa, que trabajaba tranquilamente a su lado–, que le ocurre algo peor. Son los años, Dora.
–¿Cree usted que es viejo? –preguntó Dora, con asombro–. ¡Oh! ¡Qué extraño me parece que Jip sea viejo!
–Es un mal del que nadie se libra, pequeña, con el paso del tiempo –exclamó alegremente mi tÃa–. Me resiento de él mucho más que antes, te lo aseguro.
–Pero Jip –dijo Dora, mirándolo compasiva–, ¡incluso el pequeño Jip! ¡Pobrecillo!
–Estoy convencida de que aún vivirá mucho tiempo, Pequeña Flor –aseguró mi tÃa, acariciando su mejilla.