David Copperfield

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Dora se había inclinado sobre el borde del sofá para mirar a Jip, que se irguió sobre sus patas traseras y fracasó en sus intentos asmáticos de trepar junto a ella.

–Le pondremos un trozo de franela en su casa este invierno –prosiguió mi tía–, y no me extrañaría verle salir otra vez fresco y lozano como las flores en primavera. ¡Caramba con el perrito! –exclamó–. Si tuviera tantas vidas como un gato, y estuviera a punto de perderlas todas, ¡creo que su último aliento le serviría para ladrarme!

Dora había ayudado a Jip a subir al sofá, desde el que desafiaba a mi tía con tanta furia que, incapaz de mantener el equilibrio, seguía ladrando de costado. Cuanto más le miraba mi tía, más se enfadaba él; pues últimamente llevaba gafas y, por alguna razón inexplicable, Jip las consideraba un insulto personal.

Dora consiguió, no sin esfuerzo, que se tumbara a su lado; y, cuando se calmó, acarició una de sus largas orejas con la mano y repitió con aire pensativo:

–¡Incluso el pequeño Jip! ¡Pobrecillo!

–Sus pulmones están perfectamente –dijo mi tía, alborozada–, y sus antipatías no se han debilitado nada. Le quedan muchos años por delante, sin duda. Pero si quieres un perro para hacer carreras con él, Pequeña Flor, Jip ha vivido demasiado bien para eso. Ya te regalaré yo uno.


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