David Copperfield
David Copperfield –Gracias, tÃa –repuso Dora, débilmente–. Pero no lo haga, se lo ruego.
–¿No? –exclamó mi tÃa, quitándose las gafas.
–No podrÃa tener otro perro. ¡SerÃa demasiado cruel para Jip! Además, serÃa incapaz de quererle tanto como a él; porque no me habrÃa conocido antes de casarme, ni habrÃa ladrado a Doady la primera vez que vino a nuestra casa. Me temo, tÃa, que no me gustarÃa tener otro perro que no fuera Jip.
–¡Por supuesto! –dijo mi tÃa, acariciándole nuevamente la mejilla–. Tienes toda la razón.
–No se ha ofendido, ¿verdad? –quiso saber Dora.
–Pero ¡qué muñeca tan sensible! –exclamó mi tÃa, inclinándose sobre ella afectuosamente–. ¡Pensar que yo podrÃa ofenderme!
–No, la verdad es que no lo pensaba –contestó Dora–; pero estoy un poco cansada, y por eso he dicho tantas tonterÃas. Siempre soy un poco tonta, ya lo sabe, pero en esta ocasión lo he sido más al hablar de Jip. Él sabe todo lo que me ha pasado, ¿no es cierto, Jip? Y no podrÃa soportar menospreciarlo porque haya cambiado un poco, ¿a que no podrÃa, Jip?
Jip se arrimó aún más a su dueña, y le lamió perezosamente la mano.