David Copperfield

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–No eres tan viejo para querer abandonarme, ¿verdad, Jip? –dijo ella–. ¡Nos haremos compañía el uno al otro un poco más de tiempo!

¡Mi hermosa Dora! Cuando el domingo siguiente bajó a comer, y se alegró tanto de ver al viejo Traddles (que comía con nosotros todos los domingos), pensamos que en pocos días «estaría correteando como antes». Pero nos dijeron: «Esperen unos días más»; y después nos repitieron: «Esperen unos días más»; y ella ni corría ni caminaba. Estaba muy bonita y parecía muy feliz; pero los pequeños pies que antes bailaban ágilmente alrededor de Jip estaban torpes e inertes.

Empecé a bajarla en brazos al salón por las mañanas y a subirla al dormitorio por las noches. Ella se agarraba a mi cuello y se reía, entretanto, como si yo lo hiciera para ganar una apuesta. Jip ladraba y brincaba a nuestro alrededor, y nos adelantaba corriendo, y se daba media vuelta, jadeando, para ver si le seguíamos. Mi tía, la mejor y más animosa de las enfermeras, avanzaba con dificultad tras nosotros, con un verdadero cargamento de chales y de almohadas. El señor Dick no habría cedido a nadie el derecho de abrir la marcha con una vela en la mano. Traddles se quedaba a menudo al pie de la escalera, contemplándonos, y se encargaba de escuchar los cómicos mensajes que Dora enviaba «a la muchacha más encantadora del mundo». Formábamos un alegre cortejo, y mi mujer-niña era la más dichosa de todos.


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