David Copperfield
David Copperfield Sin embargo, algunas veces, cuando la llevaba al piso superior y sentÃa su peso cada vez más ligero, una extraña sensación de frÃo se apoderaba de mÃ, como si me acercara a una región helada, aún invisible, que entumeciese mi vida. Evité dar un nombre a este sentimiento, o analizarlo en mi interior; hasta que una noche en que lo habÃa experimentado con más intensidad que nunca, cuando mi tÃa se despidió con su grito de: «¡Buenas noches, Pequeña Flor!», me senté solo ante mi mesa de trabajo y rompà a llorar pensando en aquel nombre tan funesto, y en ¡cómo la hermosa flor habÃa perdido su lozanÃa!