David Copperfield
David Copperfield ¿Puedo tomarme la libertad de confiar ahora al señor T. el propósito de mi carta? ¿Me permitirá apelar a su solícita amistad? ¡Sí lo hará! ¡Conozco muy bien su corazón!
No es fácil cegar la mirada inquisitiva del cariño en el sexo femenino. El señor Micawber viajará a Londres. A pesar de que esta mañana, antes de desayunar, ocultó cuidadosamente su mano mientras escribía la dirección en la etiqueta de la pequeña maleta marrón que ha conocido mejores tiempos, la vista de águila de mi inquietud conyugal descubrió las letras d, r, e, s claramente trazadas. El destino de la diligencia en el West End es La Cruz de Oro. ¿Osaré implorar fervorosamente al señor T. que hable con mi marido descarriado y le haga entrar en razón? ¿Osaré pedir al señor T. que intente mediar entre el señor Micawber y su angustiada familia? ¡Oh, no! ¡Sería demasiado!