David Copperfield
David Copperfield –Creo que las dos, Copperfield –respondió mi amigo–, dicen mucho más de lo que suele decir la correspondencia del señor y de la señora Micawber… pero ¿qué puede ser? Estoy seguro de que ambos las han escrito de buena fe, sin estar en connivencia. ¡Pobre mujer! –exclamó mientras comparábamos, el uno junto al otro, la carta de la señora Micawber con la de su marido–. En cualquier caso, será una obra de caridad contestarle que hablaremos con el señor Micawber.
Accedà en seguida, pues no podÃa evitar reprocharme el poco caso que habÃa hecho a su carta anterior. Ya he contado en su momento que aquella misiva me dio mucho en que pensar; pero mis propias preocupaciones, mi experiencia de la familia Micawber, y el hecho de que no hubiera vuelto a tener noticias suyas, habÃan alejado gradualmente ese asunto de mi imaginación. HabÃa pensado a menudo en los Micawber, pero sobre todo para preguntarme qué «deudas pecuniarias» estarÃan contrayendo en Canterbury, y para recordar la timidez del señor Micawber conmigo desde que era empleado de Uriah Heep.