David Copperfield
David Copperfield Más solitario que Robinson Crusoe, que no tenía a nadie que le mirara y viese lo solo que estaba, entré en el despacho de billetes e, invitado por el empleado de guardia, pasé al otro lado del mostrador y me senté en la báscula donde pesaban el equipaje. Y en aquel lugar, mientras contemplaba paquetes, bultos y libros, y percibía el olor de las cuadras (que desde entonces siempre he asociado a esa mañana), empezaron a desfilar por mi imaginación los más terroríficos pensamientos. Si nadie se presentaba a buscarme, ¿cuánto tiempo me permitirían quedarme allí? ¿Me dejarían estar hasta que se me acabaran los siete chelines? ¿Tendría que dormir por la noche en uno de los compartimentos de madera donde almacenaban los equipajes y lavarme por la mañana en la bomba del patio? ¿O me echarían a la calle para que volviera al día siguiente, cuando la oficina abriese, por si me reclamaba alguien? Y si no había ningún error y el señor Murdstone había planeado aquello para deshacerse de mí, ¿qué haría entonces? Si me permitían quedarme hasta que se me acabaran los siete chelines, ¿qué pasaría cuando empezara a morirme de hambre? No hay duda de que resultaría incómodo y desagradable para los clientes, y además El Como-se-llamara Azul correría el riesgo de tener que pagar los gastos del entierro. Si emprendía el viaje en seguida e intentaba regresar a casa andando, ¿cómo iba a encontrar el camino? ¿Qué esperanza podía tener de llegar tan lejos? ¿Querría recibirme en casa alguien que no fuera Peggotty? Si conseguía llegar ante las autoridades competentes más cercanas, a fin de enrolarme como soldado o marinero, lo más probable es que, debido a mi corta edad, no quisieran aceptarme. Estos pensamientos, y cientos de otros muy parecidos, hicieron que la sangre afluyera a mis mejillas y que me diera vueltas la cabeza de miedo y desesperación. Cuando peor me sentía, entró un hombre y empezó a cuchichear con el empleado, que me levantó de la báscula y me empujó hacia él, como si yo fuera una mercancía pesada, comprada, entregada y pagada.