David Copperfield

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Al salir de la oficina, de la mano de mi nuevo conocido, le miré de soslayo. Se trataba de un joven flaco y cetrino, de mejillas hundidas y barba casi tan negra como el señor Murdstone; pero ahí terminaba el parecido, pues tenía las patillas afeitadas y el pelo descuidado y sin brillo. Vestía un traje negro tan mustio y deslucido como sus cabellos, y le quedaba corto de mangas y de piernas; y el corbatín blanco que llevaba anudado al cuello tampoco estaba demasiado limpio. Nunca creí, ni lo creo ahora, que ese corbatín fuese la única prenda de algodón que llevara, pero era la única que se le veía o dejaba adivinar.

–¿Es usted el alumno nuevo? –preguntó.

–Sí, señor.

Suponía que lo era, aunque no estaba demasiado seguro.

–Soy uno de los profesores de Salem House.

Le hice una reverencia, muy intimidado. Me avergonzaba mencionar algo tan prosaico como mi baúl a un erudito y maestro de Salem House, de modo que no me atreví a hablar de él hasta que salimos del patio y anduvimos un trecho. Ante mi humilde insinuación de que tal vez después me sería útil, dimos la vuelta; y el joven explicó al empleado que el cochero tenía instrucciones de recoger mi equipaje al mediodía.

–Por favor, señor –exclamé, cuando volvimos a recorrer la misma distancia–. ¿Vamos muy lejos?


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