David Copperfield

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Así, pues, nos detuvimos en el escaparate de una panadería y, después de que yo propusiera comprar los pasteles más indigestos de la tienda y de que él rechazara una tras otra todas mis sugerencias, elegimos un delicioso panecillo moreno que me costó tres peniques. Luego compramos un huevo y una loncha de tocino entreverado en una tienda de comestibles; y me devolvieron tanto cambio del segundo de mis chelines relucientes que Londres me pareció un lugar muy barato. Tras hacernos con esas provisiones, continuamos nuestro camino en medio de un ruido ensordecedor y de un tumulto que me aturdió sobremanera, y cruzamos un puente que debía ser el Puente de Londres (creo que mi acompañante me lo dijo, pero yo estaba medio dormido), hasta que llegamos a la morada de la pobre anciana. Su vivienda formaba parte de un grupo de casas para indigentes, según adiviné por su aspecto y por la inscripción grabada en una losa encima de la puerta, donde podía leerse que allí residían veinticinco mujeres necesitadas.







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