David Copperfield
David Copperfield El profesor de Salem House tiró del picaporte de una de las pequeñas puertas pintadas de negro, todas iguales, con un ventanuco de cristales en forma de rombo a un lado y otro encima; y penetramos en casa de una de aquellas desdichadas ancianas, que se encontraba atizando el fuego para hervir un pequeño cazo. Cuando vio entrar al profesor, se detuvo y, con el fuelle sobre las rodillas, exclamó algo asà como «¡Mi Charley!». Al advertir mi presencia, sin embargo, se puso en pie y, frotándose las manos, me saludó con una tÃmida reverencia.
–¿Puede usted hacer el favor de preparar el desayuno de este joven? –dijo el profesor de Salem House.
–¿Que si puedo? –respondió la anciana–. ¡Pues claro que sÃ!
–¿Cómo se encuentra hoy la señora Fibbitson? –quiso saber el profesor, mirando a otra mujer de edad avanzada que estaba junto a la lumbre, con tanta ropa encima que todavÃa hoy doy gracias al cielo por no haberme sentado por error sobre ella.

Mi desayuno musical
–Está enferma –repuso la primera anciana–. Tiene uno de sus dÃas malos. Si por descuido se apagara la chimenea, estoy segura de que también ella nos dejarÃa para siempre.