David Copperfield

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Cuando vi que los dos dirigían su mirada hacia la señora Fibbitson, decidí seguir su ejemplo. A pesar de que hacía un día bastante caluroso, no parecía pensar en otra cosa que en el fuego. Era como si tuviera celos hasta del pequeño cazo que había sobre él; y tengo razones para pensar que le irritó mucho que hirvieran mi huevo y frieran mi loncha de tocino, pues, mientras se llevaban a cabo esas operaciones culinarias, vi atónito con mis propios ojos cómo, cuando los demás estaban distraídos, me amenazaba con el puño. El sol entraba a raudales por la pequeña ventana, pero la anciana le daba la espalda, apoyada en el respaldo de su enorme silla, protegiendo cuidadosamente el fuego con su cuerpo para mantenerlo vivo, no para calentarse ella, y contemplándolo con recelo.

Cuando terminaron los preparativos de mi desayuno, se alegró tanto de que la lumbre quedara libre que estalló en sonoras carcajadas; pero he de decir que su risa no era nada melodiosa.

Me senté en la mesa delante de mi panecillo moreno, de mi huevo, de mi loncha de tocino y de un cuenco de leche: un desayuno de lo más suculento.

–¿Ha traído la flauta? –preguntó la anciana de la casa a mi acompañante, mientras yo disfrutaba aún de aquellas viandas.

–Sí –contestó.


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