David Copperfield
David Copperfield –Vamos, toque algo –pidió ella en tono zalamero.
Al oír esto, el profesor metió la mano bajo los faldones de su levita, sacó las tres piezas de una flauta, encajó una dentro de otra y empezó a tocar. Mi impresión, tras muchos años de reflexión, es que jamás ha existido nadie que tocara peor. Emitía los sonidos más lúgubres que he escuchado en toda mi vida, ya fueran naturales o artificiales. Desconozco qué melodías interpretó –si es que se trataba de melodías, cosa que dudo–, pero aquellos compases resultaron funestos para mí: en primer lugar, me recordaron todos mis infortunios, hasta que llegó un momento en el que apenas pude contener mis lágrimas; después, me quitaron el apetito; y, finalmente, produjeron en mí tal sopor que me vi obligado a hacer un gran esfuerzo para mantener los ojos abiertos. Cuando evoco aquella escena, veo cómo se me cierran los ojos y empiezo a dar cabezadas.