David Copperfield
David Copperfield Una vez más la imagen del pequeño cuarto con su alacena de esquina, sus sillas de respaldo cuadrado, su escalera empinada que conducía a la habitación superior y sus tres plumas de pavo real sobre la repisa de la chimenea (recuerdo que, al entrar allí, me pregunté qué le habría parecido a su dueño el destino de su vistoso traje) desaparece de mi mente, cabeceo y me quedó dormido. El sonido de la flauta se vuelve imperceptible, en su lugar oigo las ruedas de la diligencia y estoy de viaje. Me despierto sobresaltado por el fuerte traqueteo y la flauta está allí de nuevo; el profesor de Salem House, sentado con las piernas cruzadas, toca con aire melancólico, mientras la anciana de la casa lo mira complacida. Ella se esfuma, y él también; y todo se desvanece, y ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copperfield, tan sólo un letargo profundo.