David Copperfield
David Copperfield Me pareció soñar que, en una ocasión, mientras él tocaba tristemente su flauta, la anciana de la casa, que se había ido acercando cada vez más a él, embargada por la emoción, se apoyó en el respaldo de su asiento y le dio un cariñoso abrazo, que le obligó a interrumpir por unos instantes la melodía. Yo estaba sumido en una especie de duermevela, no sé si entonces o inmediatamente después; pues, cuando él reanudó su música (y tengo la certeza de que dejó de tocar), vi y oí cómo la misma anciana preguntaba a la señora Fibbitson si no le parecía encantador (se refería al sonido de la flauta).
–Sí, sí, claro que sí –respondió ésta, al tiempo que se inclinaba hacia al fuego, al que con toda seguridad atribuía el éxito del concierto.
Llevaba bastante tiempo adormilado cuando el profesor de Salem House desmontó su flauta, guardó nuevamente las tres piezas y se marchó conmigo. Encontramos la diligencia muy cerca de allí y subimos al pescante; pero yo tenía tanto sueño que, al detenernos a recoger otros viajeros, me metieron en el interior, donde no iba nadie. Y allí me quedé profundamente dormido, hasta que el carruaje empezó a subir una cuesta muy empinada entre dos hileras de frondosos árboles. Poco después se detuvo, pues había llegado a su destino.