David Copperfield

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Rosa Dartle saltó de su asiento, retrocedió y, al hacerlo, intentó pegar a la joven; su rostro desfigurado reflejaba tanta maldad y tanta rabia que estuve a punto de interponerme. Pero el golpe, sin dirección fija, se perdió en el aire. Y cuando, jadeante, contempló a Emily con todo el odio que era capaz de expresar, temblando de la cabeza a los pies de rabia y de desprecio, pensé que jamás había visto, ni volvería a ver jamás, un espectáculo semejante.

–¿Que usted le entregó su amor? ¿Usted? –exclamó, agitando nerviosamente el puño, como si sólo le faltara un arma para apuñalar al objeto de su ira.

Al echarse hacia atrás, Emily había desaparecido de mi vista. No se oyó respuesta.

–¿Y se atreve a decirme esas palabras –añadió Rosa Dartle– con sus desvergonzados labios? ¿Por qué no azotarán a estas criaturas? Si estuviera en mi mano, ordenaría que azotaran a esta muchacha hasta matarla.

Y lo habría hecho, no me cabe la menor duda. Yo no le hubiese confiado un látigo con aquella mirada cargada de odio.

Lenta, muy lentamente, rompió a reír y señaló a Emily con la mano, como si fuera un espectáculo vergonzoso para dioses y hombres.


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