David Copperfield
David Copperfield –¡Entregarle su amor! –dijo–. ¡Esa inmundicia! ¿Me dirá ahora que él se interesó por usted? ¡Ja, ja! ¡Qué embusteras son estas negociantas!
Sus burlas eran peores que su rabia. De las dos cosas, yo hubiera preferido con creces verme expuesto a esta última. Mas cuando su ira se desataba era sólo durante unos segundos. En seguida la reprimÃa; por mucho que se le desgarrara el alma, lograba dominarla.
–He venido aquÃ, fuente inmaculada de amor –prosiguió–, con el fin de ver, como habÃa empezado a explicarle antes, qué pinta tenÃan las criaturas como usted. SentÃa curiosidad. La he satisfecho. También querÃa decirle que lo mejor que puede hacer es volver corriendo a casa, y refugiarse entre esas excelentes personas que la esperan, y a las que con su dinero consolará. ¡Cuando lo haya gastado todo, podrá creer de nuevo en alguien, confiar en él y entregarle su amor! Yo creÃa que iba a encontrar un juguete roto que ya no sirviera para nada; una lentejuela sin valor, sin brillo y ya desechada. Sin embargo, compruebo que es usted oro puro, una verdadera dama, una joven inocente a la que se ha maltratado, con un corazón rebosante de amor y de confianza (¡pues ésa es la impresión que causa, lo que es consecuente con su relato!), y por eso tengo que añadir algo más. Escúcheme bien, pues cumpliré lo que digo. ¿Me oye, espÃritu hechicero? ¡Cumpliré lo que digo!