David Copperfield
David Copperfield –Es posible que mi naturaleza sea extraña –dijo–, pero lo cierto es que no puedo respirar con entera libertad el mismo aire que respira usted. Lo encuentro demasiado viciado. Por ese motivo, tengo que purificarlo de su presencia. Si mañana continúa en esta habitación, me encargaré de que su historia y su carácter sean conocidos en toda la escalera. Dicen que en esta casa viven mujeres decentes; es una lástima que una insignificancia como usted se esconda entre ellas. Si, al marcharse de aquÃ, busca refugio en esta ciudad sin dar a conocer su verdadero carácter (algo que es usted muy dueña de hacer, yo jamás la importunarÃa), actuaré del mismo modo en cuanto conozca su escondrijo. Con la ayuda de un caballero que aspiraba hace muy poco al honor de conseguir su mano, estoy segura de que lo conseguiré.
¿Es que el señor Peggotty no iba a llegar nunca? ¿Cuánto tiempo tendrÃa que soportar aquello? ¿Cuánto tiempo serÃa capaz de aguantarlo?
–¡Ay de mÃ! ¡Ay de mÃ! –exclamó la pobre Emily, en un tono que habrÃa creÃdo capaz de conmover al corazón más duro; pero la sonrisa de Rosa Dartle siguió inmutable–. ¿Qué voy a hacer?