David Copperfield
David Copperfield –¿Que qué va a hacer? –respondió su interlocutora–. ¡Vivir feliz con sus pensamientos! Consagrar su existencia al recuerdo del cariño de James Steerforth… que quiso convertirla en la mujer de su criado, ¿no es cierto?… o sentirse agradecida al individuo recto y virtuoso que la hubiera aceptado como un regalo de su amo. O, si esos gloriosos recuerdos, y la conciencia de sus propias virtudes, y la posición honorable a la que éstas la han encumbrado a los ojos de todo cuanto revista forma humana, no la sostienen lo suficiente, cásese con ese buen hombre y disfrute de su condescendencia. Y si tampoco se conforma con eso, ¡ponga fin a su vida! Hay muchos portales y estercoleros donde morir asÃ, donde desesperarse asÃ… ¡Encuentre uno y dirÃjase volando al cielo!
Oà unos pasos lejanos en la escalera. Supe con seguridad de quién eran. ¡Gracias a Dios, era él!
Después de decir esas palabras, Rosa Dartle se alejó lentamente de la puerta y desapareció de mi vista.
–Pero ¡preste atención! –agregó despacio y con dureza, abriendo la otra puerta para marcharse–. Estoy decidida, por razones que tengo e inquinas que albergo en mi pecho, a acabar con usted si no se aleja de mà inmediatamente, o se arranca su bonita máscara. Es cuanto tengo que decir; ¡y pienso cumplirlo!