David Copperfield
David Copperfield –Con su permiso, señora –contestó el señor Peggotty–, me gustarÃa mucho que se quedara con nosotros, si no le molesta mi parloteo…
–¿De veras? –preguntó mi tÃa, en tono afable–. ¡Entonces me quedaré!
Y dio su brazo al señor Peggotty, y se encaminó con él hacia un pequeño y frondoso cenador que habÃa al fondo del jardÃn, donde se sentó en un banco, y yo me senté a su lado. También habÃa sitio para el señor Peggotty, pero él prefirió seguir en pie, apoyando su mano en una pequeña mesa rústica. Viéndole mirar la gorra antes de empezar a hablar, no pude dejar de percibir la energÃa y la fortaleza de carácter que revelaba su mano nervuda, y lo bien que armonizaba con su honrada frente y su cabello gris plomizo.