David Copperfield
David Copperfield –Ayer por la noche –empezó a decir el señor Peggotty, levantando su mirada hacia nosotros– llevé a mi querida pequeña a mi alojamiento, donde, después de haberla esperado durante tanto tiempo, tenÃa todo preparado para recibirla. Tuvieron que pasar varias horas para que fuese capaz de reconocerme; pero, cuando lo hizo, se arrodilló a mis pies y me contó, igual que si estuviera rezando sus oraciones, cómo habÃa sucedido todo. Créanme ustedes, cuando oà su voz, la misma que sonaba tan alegre en casa… y la vi tan humillada, como en el polvo donde nuestro Salvador escribió con su bendita mano…[107] mi corazón pareció desgarrarse, a pesar de toda la gratitud que sentÃa –se pasó la manga por la cara, sin pretender ocultar el motivo; y luego se aclaró la voz–. Pero ese sentimiento no me duró mucho, pues la habÃa encontrado. Sólo tuve que pensar que la habÃa encontrado, y se me pasó. No sé por qué lo digo ahora, sinceramente. Hace unos instantes, no tenÃa intención de hablar de mÃ; pero las palabras han surgido de un modo tan natural que las he pronunciado sin darme cuenta.
–Es usted un alma abnegada –exclamó mi tÃa–, y algún dÃa tendrá su recompensa.
El señor Peggotty, con las sombras de las hojas jugueteando en su rostro, se inclinó con aire sorprendido ante mi tÃa, como si quisiera agradecerle su buena opinión; después retomó el hilo de su historia.