David Copperfield
David Copperfield –Cuando mi Emily se escapó –dijo, abandonándose a una cólera pasajera– de la casa donde la tenÃa encerrada esa serpiente de cascabel que vio el señorito Davy (su historia era cierta, ¡maldito sea!), huyó en medio de la noche. Era una noche oscura y estrellada. Enloquecida, corrió por la playa, creyendo que encontrarÃa allà la vieja gabarra; y nos gritaba que nos asomáramos, pues era ella quien llegaba. Se oÃa llorar a sà misma, como si fuera otra persona; y se cortó con las afiladas piedras y con las rocas, sin sentir más dolor que si ella misma hubiera sido otra roca. Siguió corriendo; y era como si tuviese fuego delante de los ojos y oyera un estruendo a su alrededor. De pronto amaneció (o al menos ésa fue su impresión, háganse ustedes cargo), un dÃa húmedo y ventoso, y se encontró tendida junto a unas rocas, en la playa, mientras una mujer le preguntaba, en la lengua del paÃs, qué le habÃa ocurrido.
El señor Peggotty veÃa todo lo que nos contaba. Las escenas desfilaban tan vÃvidamente ante sus ojos que, arrastrado por su fervor, nos describÃa lo acontecido con una claridad que soy incapaz de expresar. Cuando escribo estas palabras, después de tanto tiempo, me cuesta creer que yo no presenciara aquellos hechos; tan asombroso es el aire de fidelidad con que están grabados en mi memoria.