David Copperfield

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–Cuando los ojos de Emily, que estaban agotados, vieron mejor a la joven –prosiguió el señor Peggotty–, se dio cuenta de que era una de las mujeres con las que charlaba a menudo en la playa. Pues, aunque había corrido mucho durante la noche (como he dicho antes), en otras ocasiones había llegado muy lejos en sus excursiones, unas veces a pie, otras en barco o en carruaje, y conocía bien millas y millas de costa de aquella región. La mujer no tenía hijos; llevaba poco tiempo casada, pero esperaba uno para pronto. ¡Que el Cielo escuche mis plegarias para que ese niño sea durante toda su vida una alegría, un consuelo y un orgullo! ¡Que la ame y la respete cuando sea anciana! ¡Que la socorra hasta el último instante! ¡Que sea un ángel para ella aquí como en el otro mundo!

–¡Amén! –exclamó mi tía.








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