David Copperfield

David Copperfield

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–Era una pequeña cabaña, como pueden suponer –exclamó, tras unos instantes de silencio–, pero encontró un rincón donde esconder a Emily (su marido estaba en la mar), y consiguió que sus vecinos (que no eran muchos) también guardaran el secreto. Emily cayó enferma, con mucha fiebre, y lo que me parece muy extraño (aunque quizá la gente instruida sepa encontrar una explicación) es que olvidó el idioma de aquel país y sólo sabía hablar el suyo propio, que nadie comprendía. Recuerda, como si fuera un sueño, que estaba acostada, hablando sin cesar su propia lengua, convencida de que la vieja gabarra se encontraba tras el siguiente cabo, en la bahía; rogaba y suplicaba que enviaran a alguien a avisarnos de que se moría, y que volviera al menos con una palabra de perdón. La mayor parte del tiempo imaginaba que el hombre que he mencionado antes estaba al acecho tras la ventana; o que el culpable de su situación se encontraba en el cuarto… y entonces gritaba a la bondadosa joven que no la abandonara, aunque sabía que ésta no podía entenderla, y temía que se la llevaran por la fuerza. Seguía viendo fuego delante de los ojos y oyendo un estruendo a su alrededor; y no existía el hoy, ni el ayer, ni el mañana. Pero todo lo que había ocurrido o habría podido ocurrir en su vida, y todo lo que no había ocurrido ni podría ocurrir jamás, se agolpaba en su cabeza… y ella se sentía confusa y contrariada, ¡y, sin embargo, cantaba y se reía de todo! No sé cuánto duró aquello; pero luego cayó en un profundo sueño, más fuerte que su propio ser; y en ese sueño se sumió en la debilidad de la más desvalida criatura.


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