David Copperfield
David Copperfield Al llegar aquí se detuvo, como si necesitara recuperarse de los horrores de su propia descripción. Después de guardar silencio unos instantes, continuó su relato.
–Emily se despertó una hermosa tarde; tan apacible que no se oía otra cosa que el murmullo de aquel mar azul sin mareas. Al principio creyó que estaba en casa, un domingo por la mañana; pero las hojas del emparrado que vio por la ventana, y a lo lejos colinas, no eran las de su tierra, y se sintió confundida. Más tarde entró su amiga y se sentó al lado de la cama; y entonces supo que la vieja gabarra no estaba tras el siguiente cabo, en la bahía, sino muy lejos; y recordó dónde se encontraba y por qué; y estalló en sollozos sobre el pecho de la bondadosa joven, donde ahora espero que repose su pequeño hijito, ¡alegrándola con sus lindos ojos!
El señor Peggotty no podía mencionar a aquella buena amiga de Emily sin que los ojos se le llenaran de lágrimas. Cualquier intento resultaba inútil; y rompió a llorar de nuevo, ¡esforzándose por bendecirla!