David Copperfield
David Copperfield »Cuando recobró sus fuerzas –añadió el señor Peggotty, después de otro breve silencio–, buscó el modo de dejar a la bondadosa joven y volver a su país. Para entonces, el marido había regresado a casa; y los dos la ayudaron a embarcar en un pequeño carguero que salía rumbo a Livorno, y después se dirigía a Francia. Tenía un poco de dinero, pero ellos se negaron a aceptarlo. ¡Supongo que me alegro, a pesar de lo pobres que eran! Lo que hicieron por ella está guardado donde ni las polillas ni el moho corrompen, y donde los ladrones ni socavan ni roban.[108] Señorito Davy, ningún tesoro del mundo durará más que su buena acción.
»Emily llegó a Francia y empezó a trabajar de doncella en una posada del puerto. Pero un día apareció allí esa serpiente… ¡Espero que no se me acerque jamás! ¡No sé qué daño sería capaz de hacerle! Y, tan pronto como Emily lo vio, antes de que él advirtiera su presencia, el miedo y la locura volvieron a apoderarse de ella, y salió huyendo hasta del aire que él respiraba. Regresó a Inglaterra y desembarcó en Dover.