David Copperfield
David Copperfield –Señorito Davy –prosiguió, agarrando mi mano con fuerza–, fue usted el primero que me habló de esa joven. ¡Gracias, señor! Ella fue sincera con nosotros. SabÃa, por su amarga experiencia, dónde vigilar y cómo proceder. Y lo hizo. ¡Y Dios la guió! Llegó, pálida y agitada, hasta donde Emily dormÃa. «Levántate –le dijo– ¡huye de algo peor que la muerte y ven conmigo!» Las personas que habÃa en la casa quisieron detenerla, pero menos habrÃan podido detener el mar. «Aléjense de mà –exclamó Martha–, soy un fantasma que viene a sacarla de su tumba». Le contó a Emily que me habÃa visto, y que sabÃa que yo la querÃa y la habÃa perdonado. La vistió rápidamente y se la llevó, desfallecida y temblorosa, del brazo. Prestó la misma atención a cuanto le decÃan que si estuviera sorda. Avanzó entre aquella gente con mi pequeña, como si no existiera nadie más; ¡y la sacó sana y salva, en medio de la noche, de aquel antro de perdición!