David Copperfield

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»Cuidó de Emily –continuó el señor Peggotty, que había soltado mi mano, y había puesto la suya en su agitado pecho–; cuidó de Emily, que estaba postrada en la cama, exhausta, y a veces deliraba, hasta muy avanzada la mañana. Entonces fue a buscarme a mí, y después a usted, señorito Davy. No le contó a Emily dónde iba, por temor a que le faltara valor y decidiera huir. Me gustaría saber cómo se enteró de su paradero esa dama tan cruel. Si el individuo del que hemos hablado la vio entrar en la casa, o (lo que es más probable, en mi opinión) la mujer que engañó a Emily le dio la información, ¡qué importa! ¡Hemos encontrado a mi sobrina!

»Emily y yo hemos pasado toda la noche juntos –dijo el señor Peggotty–. En ese tiempo, es poco lo que me ha contado con palabras, en medio de sus lágrimas de dolor; y es menos lo que he visto de su querido rostro, que creció junto al fuego de mi hogar. Pero, durante toda la noche, sus brazos han rodeado mi cuello, y su cabeza ha reposado aquí; y los dos sabemos muy bien que siempre podremos confiar el uno en el otro.

El señor Peggotty dejó de hablar; y la mano que tenía apoyada en la mesa, completamente inmóvil, mostraba una determinación capaz de vencer a un león.


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