David Copperfield
David Copperfield –Para mà fue como un rayo de luz, Trot –dijo mi tÃa, enjugándose los ojos–, tomar la decisión de ser la madrina de tu hermana Betsey Trotwood, que tanto me defraudó; después de eso, nada me complacerÃa más que convertirme en la madrina del hijito de esa bondadosa joven.
El señor Peggotty asintió con la cabeza, dando a entender que comprendÃa los sentimientos de mi tÃa, pero prefirió no hacer ninguna referencia verbal al asunto tratado por ella. Todos nos quedamos en silencio, sumidos en nuestras propias reflexiones (mi tÃa se enjugaba las lágrimas, unas veces llorando con movimientos convulsivos y otras riendo y llamándose tonta), hasta que yo dije:
–Supongo que es innecesario preguntárselo, pero ¿ha hecho planes para el futuro, querido amigo?
–Por supuesto, señorito Davy –me respondió–; y le he contado a Emily que hay paÃses inmensos lejos de aquÃ. Nuestra vida futura transcurrirá al otro lado del mar.
–Van a emigrar juntos, tÃa –señalé.
–¡En efecto! –exclamó el señor Peggotty, con una sonrisa esperanzada–. Nadie podrá hacerle el menor reproche a mi pequeña en Australia. ¡Allà empezaremos una nueva vida!
Quise saber si habÃa fijado la fecha de su partida.