David Copperfield

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–He ido a los muelles esta mañana temprano, señor –contestó–, para enterarme de cuándo salen los barcos. Dentro de seis semanas o dos meses, zarpará uno; lo he visto esta mañana… he subido a bordo… y haremos la travesía en él.

–¿Los dos solos? –inquirí.

–¡Sí, señorito Davy! –repuso–. Mi hermana está tan encariñada con usted y con los suyos, y tan acostumbrada a no pensar más que en su propio país, que no sería justo dejarla venir con nosotros. Además, tiene que cuidar de alguien, señorito Davy; no podemos olvidarlo.

–¡Pobre Ham! –exclamé.

–Mi bondadosa hermana se ocupa de su casa, señora, y él la quiere mucho –explicó el señor Peggotty a mi tía–. Se sienta a su lado y conversa con ella, con ánimo sereno, cuando es incapaz de despegar los labios delante de otra persona. ¡Pobre muchacho! –agregó, moviendo la cabeza–. ¡No puede perder lo poco que le queda!

–¿Y la señora Gummidge? –pregunté.


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