David Copperfield
David Copperfield Mi pequeña Dora se sentÃa muy animada y tenÃa ganas de que yo fuera (eso me dijo cuando se lo comenté), de modo que en seguida prometà acompañar al señor Peggotty, tal como él querÃa. A la mañana siguiente, en consecuencia, estábamos en la diligencia de Yarmouth, haciendo de nuevo el viejo recorrido.
Al pasar esa noche por una calle tan familiar (el señor Peggotty cargado con mi maleta, a pesar de todas mis protestas), eché una ojeada a la tienda de Omer y Joram, y vi allà a mi viejo amigo el señor Omer, fumando su pipa. Yo me resistÃa a estar presente cuando el señor Peggotty se reuniera con su hermana y con Ham; el señor Omer me sirvió de disculpa para quedarme atrás.
–¿Cómo se encuentra el señor Omer después de tanto tiempo? –pregunté, entrando en su tienda.
Dispersó el humo de su pipa, a fin de poder verme mejor, y no tardó en reconocerme con gran alegrÃa.
–DeberÃa levantarme, señor, para agradecer el honor de esta visita –exclamó–, pero mis piernas no están del todo bien, y me llevan de un lado para otro con la ayuda de unas ruedas. No obstante, si exceptuamos mis piernas y mi respiración, me alegro de poder decir que me encuentro tan sano como el que más.
Le felicité por su buen aspecto y su buen humor, y constaté que su sillón tenÃa ruedas.