David Copperfield

David Copperfield

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Cuando me acerqué a la embarcación, encontré la puerta abierta; al entrar, vi que se habían llevado todos sus muebles, excepto uno de los viejos baúles, sobre el que estaba sentada la señora Gummidge, con una cesta en las rodillas y mirando al señor Peggotty. Éste, con el codo apoyado en la tosca repisa de la chimenea, contemplaba algunas brasas mortecinas en el fondo del hogar; pero levantó la cabeza con optimismo al verme entrar, y empezó a hablar muy animado.

–Tal como nos prometió, ha venido a despedirse de la vieja gabarra, ¿no es así, señorito Copperfield? –exclamó, cogiendo la vela–. No puede estar más vacía, ¿verdad?

–¡Qué bien han aprovechado el tiempo! –señalé.

–No puede decirse que hayamos holgazaneado, señor. La señora Gummidge ha trabajado como… no sé cómo ha trabajado la señora Gummidge –dijo el señor Peggotty mirándola, incapaz de encontrar una comparación suficientemente satisfactoria.

La señora Gummidge, apoyada en su cesta, no hizo la menor observación.

–¡Ahí está el pequeño baúl donde se sentaba con Emily! –me cuchicheó el señor Peggotty–. Me lo llevaré conmigo; lo cogeré en el último momento. Y ¡mire su viejo y pequeño dormitorio, señorito Davy! ¡Menos hospitalario, imposible!


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