David Copperfield

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Lo cierto es que el viento, aunque no soplaba con fuerza, llenaba la casa abandonada de lúgubres gemidos. No quedaba nada en mi viejo dormitorio, ni siquiera el espejito con el marco de conchas. Y pensé en las noches que había pasado allí, cuando en mi hogar se produjo el primer gran cambio. Pensé en el niño de ojos azules que me había hechizado. Pensé en Steerforth, y me asaltó la idea absurda y terrible de que estuviera cerca, y de que yo pudiera encontrarme en cualquier momento con él.

–Creo que pasará mucho tiempo –dijo el señor Peggotty en voz baja– antes de que la gabarra encuentre nuevos inquilinos. ¡Es como si hubiera caído sobre ella una maldición!

–¿Es de alguien de la zona? –pregunté.

–De un constructor de mástiles de la ciudad –respondió el señor Peggotty–. Le daré las llaves esta noche.

Nos asomamos al otro cuartito y volvimos con la señora Gummidge, que seguía sentada en el pequeño baúl. El señor Peggotty, dejando la vela sobre la repisa de la chimenea, le pidió que se levantara para poder sacarlo al exterior antes de que se apagase la mecha.


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