David Copperfield
David Copperfield –Daniel –dijo la señora Gummidge, abandonando de pronto su cesta y cogiéndole del brazo–, mi querido Daniel, las últimas palabras que quiero pronunciar en esta casa son que no me deje aquÃ. ¡No se vaya sin mÃ, Daniel! ¡No lo haga!
El señor Peggotty, desconcertado, miró a la señora Gummidge, me miró a mà y volvió a mirar a la señora Gummidge, como si le hubieran despertado de un sueño.
–¡No lo haga, mi querido Daniel, no lo haga! –gritó la señora Gummidge, con fervor–. ¡Lléveme con usted, Daniel! ¡Lléveme con usted y con Emily! Seré su criada, fiel y constante. Si hay esclavos en esas tierras a las que se dirige, me convertiré en su esclava y seré feliz; pero ¡no me deje aquÃ, Daniel, querido amigo!
–Alma bondadosa –exclamó el señor Peggotty, moviendo la cabeza–, ¡no sabe cuán largo es el camino y las penalidades que nos esperan!